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La joya enológica de México

Dicen por ahí (y correctamente, debo reconocer), que el vino es la bebida más civilizada que existe.



Realmente no hace falta ser historiadores, pero si echamos un vistazo hacia atrás, nos daremos cuenta inmediatamente de que las vides y el vino son los narradores más acertados (y más deliciosos) de la historia de la humanidad y sus civilizaciones.


Básicamente, la historia del vino es la historia de la humanidad. Desde el desembarco de Noé en el monte Ararat, seguido por los fenicios transportando vides en el mediterráneo, después los griegos, de ahí, los romanos expandiendo el cultivo de la vid por todo su imperio y haciendo del vino su bebida cultural, hasta los colonizadores españoles, ingleses, franceses, etc. que nos hicieron el gran favor de introducir sus cepas y mostos a los que serían nuestros nuevos países.


En ese proceso en el que la historia se ha ido escribiendo, el vino también ha sufrido una evolución.


Adaptación y evolución:


Las uvas, o cepas, como les llamamos técnicamente, se fueron adaptando a sus nuevos hogares; es decir, a sus nuevas tierras, sus nuevos climas y sus nuevas gentes. Todos estos elementos mejor conocidos como ‘terroir’, y fue así, como comenzaron a dar como resultado vinos distintos, y para algunos raros, pero de excepcional calidad, que expresaban algo completamente único e irrepetible. Vinos resultado de la experimentación de los enólogos y de la libertad de la que goza el Nuevo Mundo al casi no tener denominaciones de origen como su contraparte.


Poco a poco, nos fuimos dando cuenta que incluso variedades originarias del viejo continente encontraron su máximo potencial en los nuevos países que la historia iba descubriendo. Por ejemplo, la malbec que es originaria del suroeste de Francia, hoy la asociamos más con Argentina porque su terroir permitió a esta cepa exhibir todas sus bondades, convirtiéndose en el país con mayor extensión de cultivo de la misma.


En el caso de Australia, está la shiraz, o también conocida en otras partes como syrah. Originaria del valle del Ródano, en Francia también, y de donde no negaré que por supuesto es una meca de los grandes vinos de esta cepa, Australia se volvió productor de los vinos más finos producidos con este varietal, vinos sumamente complejos y de expresión perfumada en nariz, equilibrados en el paladar y longevos. Carménère, proveniente también del suroeste del país francés, halló su nuevo hogar en las soleadas y cálidas tierras de Chile.


Del noroeste de Italia, de Piemonte para ser específicos, cuna de algunos de sus grandes tintos como el Barolo o Barbaresco, la nebbiolo, cuyo nombre proviene de la palabra nebbia, que significa “niebla”, es la cepa que ha provocado que el mundo voltee a ver a México como un país que está haciendo cosas serias y de talla mundial en cuanto a vino se refiere.


Lo que Argentina es al malbec, México es al nebbiolo. Tan buena adaptación encontró este varietal en la niebla marina de Ensenada, Baja California, que vino a hacer de nuestro país el segundo con mayor extensión de esta.


Si no lo han probado, queridos amigos, ahora tienen tarea por hacer. Y recuerden que el vino no solo se trata del mágico brebaje que contiene, sino de los momentos para los que lo guardamos, de la familia y los amigos, de los festejos y las celebraciones…


¡Así que salud por la nebbiolo y por el vino mexicano! Nos bebemos pronto.

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